domingo, 11 de abril de 2010

Mueres un poquito cada mañana, con ese despertador que te roba los sueños y le corta el paso a los suspiros que tratan de colarse en tu habitación. Te mata ese conductor de autobús que no saluda y aquel tren que huye de ti, de ti y de tu ilusión de desviarte de tu aburrido destino para descubrir rincones todavía desconocidos. Te roba un pedacito de corazón cada sonrisa que te ahorras y también la que le regalas a ese alguien que nunca sabrá apreciarla como se merece. Te envenena cada palabra que tragas para no compartirla con el Mundo. Te haces débil con cada día que amanece sin novedades y con cada anochecer desprovisto de emociones. Tu alma pierde su brillo cuando descubres que, el único cambio que se producirá a lo largo de lo que sigues llamando vida, será el de esas malditas cuatro estaciones. Pero es cuando olvidas emocionarte con la magia de un paisaje o con esa canción que tanto te ha hizo llorar en su día, cuando te das cuenta de ello y deja de importante; es entonces, sólo entonces, cuando descubres que estás perdido.

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